Le llamas amor prohibido, sí, ¿y qué cojones es para ti amor prohibido? ¿Dos años de diferencia, quince años… treinta? Y si te quiero, ¿qué? ¿Y si me quieres? -esperé a que dijera algo pero sus labios parecían sellados- ¿no vas a contestar?
- Sabes de sobras que la verdad no la puedo decir y que si algo comentase serían mentiras que me dolerían tanto a mí como a ti. No puedo… Sé que no y sabes que no, va contra mis principios -espetó al fin, con una mueca de desagrado por tragarse tantas palabras que quería confesar de una vez a la par que intentaba contenerlas mientras la garganta le abrasaba- Marina…
Comencé a llorar, una lágrima recorrió toda mi mejilla, mis labios, mi cuello… lo que había dicho escocía en mí, me dolía, me mataba; no iba a ceder. Y yo podría esperar, esperaría años, décadas, esperaría día tras día cuanto él quisiese, pero no me daría un sí, jamás. En ese momento fue cuando recordé todo los días en los que había disfrutado de su presencia, todos los días efímeros y intensos, las miradas cómplices, los roces, como él se reía si me hacía enfadar, me sentí sucia y utilizada, jugada… dudé si solo había sido un entretenimiento más.
- Marina -repitió cuando se percató de mi llanto- no me hagas esto más difícil, no, por favor.
- Cállate, no pronuncies mi nombre, ¿alguien te ha dado permiso para hacerlo? No lo hagas, no me nombres, cada vez que lo haces me matas, me matas con crueldad y lentitud, con dolor. ¡No me condenes a esta agonía!
Su expectación fue mayor que la mía entonces, le devolví el golpe. Le aparte de mí para liberarme mientras el se aferraba a mi ropa y intentaba sujetarme con las manos, impidiéndome que me marchase. Me sujetó del cuello y me besó, con calidez, con sentimiento, a la vez sus labios describían sobre los míos todo el deseo que había guardado durante tanto tiempo, admiración hacia mi cuerpo que también fue demostrada por sus manos que surcaban ahora por debajo de mi camisa y palpaban mis pechos casi con furia.
